Cuento de cementerio

Mas ante que murió la agüela hasta ese día mismo que se agarró el julepe mas grande, siempre anduvo Rosario jodiendo con ella y con lo jotros muerto. Esa noche en el velorio Rosario se jué al centro buscando una farmacia aubierta pa´comprar un rimedio para la tía Nicolasa que estaba discompuesta muy mucho.

Asigún el cuenta todito el camino le siguió la dijunta que, aunque él ni no le veía la cara, ella iba acompañándole bien por el lado y le iba diciendo que vaye junto con ella adonde estaba que era muy lindo. El no le aublaba del miedo que tenía y el cabuello se le paraba todito del frío que le corría por el cuerpo. A la güelta dice que ya vino todo el tiempo corriendo nomás y ella siempre parejito al lado de él, como si pudiera correr tanto la vieja, que en paz descanse, le cargamo nosotro. El decía que era el espíritu invisiuble ya que ella no iba a pode corré nunca más; la verdá es que llegó cansado y con el ojo grandote y me contó a mi la primerita y bien bajito.

Yo le contesté que se calle y deje de decir pavada, que un entierro e´una disgracia, no é´para divertirse y que hay que ser más rispetuoso con lo muerto. Pero el siguió aublando de valde, que la agüela le había seguido a la ida y a la güelta, desde una farmacia y pasando por el Regimiento hasta aquí ajuera, que se jué.

La verdá que lo único que no podía Rosario era callarse y tenía mismo gracia pa´contar lo cuento,
el no e´mal aublado como yo y siempre las gente le andan escuchando para almirarse por él o morirse de miedo por la historias desajeradas del cementerio o de los aparecidos.

Hasta esa güelta que pasó por lo susto de su vida y siguro que se acordó de todas las alvertencia que le hacíamo. Yo me ricuerdo en bien porque yo iba con él, que me retó que yo era muy miedosa. Pero yo ni no le hice en caso y no me achiqué tampoco. Total con lo vino que tomamo por el boliche yo ya no sabía ni como me llamaba, del vino y de lo güevo crudo que comimo una docena y tre botella de vino. Rosario era loco por lo cuento y por lo huevo crudo, bueno …, y por el vino. Ese día me jugué el todo por el. Es cierto que tenía un poco de miedo y hasta tierra tenía debajo de la lengua del miedo porque el no se priocupaba, viste como son lo borrachos, que no se priocupan por nada, como los loco.

Resulta que cuando íbamo ya yendo pal cementerio no paraba de decí que el iba a aublar con la agüela y le iba a pedir que me diga lo mismo que le dijo a el con sus propia palabras. Pasamo como una hora primero buscando hasta que encontramo la sepultura si no no veíamo ni nosotro mirá que ibamo a ver los nombre de los muerto, y más era lo que trompezábamo que lo que caminábamo.

En un de golpe Rosario se puso a aublarle parece que a la agüela, pavada nomá le aublaba que no me acuerdo, pero eso sí, procurando estar derecho esa güelta en actitú de rispetuoso. En de repente entonce empezó el viento juerte y yo miré en donde estaba el a die centímetro del suelo che. ¡Suspendido! Como te digo bien lejo del suelo que yo al principio no me dí en cuenta, hasta que miré otra vez por el. Mas despué el viento sopló y sopló muy mucho, Rosario seguía aublando como si nada, hasta que el muerto se levantó un de golpe y le encajó una cachetada que le dió güelta la cara.

No sé ni como volvimo del cementerio pero Rosario estuvo vomitando por dos día seguido sin parar. Eso sí, nunca más jodió con los difunto, que en paz descansen, y decí que quedó bien de la cabeza. También como se le ocurre andar jodiendo con lo muerto. Seguro que se van a enojar. Ni nunca que se van a quedar lo más tranquilo escuchando como si fueran zonzo. Y a mí que no me vengan más con mesejantes proposiciones, pero yaguá que ni en pedo me van a agarrá otra güelta.

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